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Mi vida comenzó entre dos extremos: la guerra y el amor

Guerra y amor

Historias y poesías de Yehuda Amijái reconocido como uno de los más grandes poetas israelíes. Su escritura sensible retrató el sentimiento de la posguerra y los conflictos con el mundo árabe.

Por Yehuda Amijái – Traducción de Claudia Kerik

¿Por qué escribo en hebreo?

Escribo en hebreo porque no puedo escribir mis poemas en otra lengua. Para mí es el idioma natural en un país de habla hebrea. Pero no olvidemos que hasta hace unas pocas generaciones esto no era así. El hebreo era una lengua sagrada que se utilizaba en las plegarias y en las ceremonias religiosas, como en bodas y funerales. Pero a diferencia de otras lenguas antiguas, nunca fue una lengua muerta. Las oraciones y los rezos siempre les recordaron a los judíos su patria ancestral, la geografía de ésta, su clima, e incluso sus ciclos agrícolas como el tiempo de cosecha y maduración de los frutos. En suma, la lengua hebrea siempre fue una lengua paterna, pero ahora, de nuevo, se ha convertido en una lengua materna. El sionismo —que de hecho debería ser considerado como “la gran revolución del pueblo judío”— comenzó como una revolución cultural al hacer del hebreo el idioma de una nueva nación. Esto también significó una revolución contra la Historia, contra el destino, y para muchos judíos ortodoxos, contra Dios. El gran poeta sionista nacional, Jaím Najman Biálik, probablemente hablaba en yídish con la mujer que amaba, pero le escribía sus poemas de amor en hebreo (y quizás ella ni siquiera sabía hebreo). Se cree que a principios de este siglo Biálik afirmó que hubiera podido enunciar una bendición con tan sólo escuchar hablar en hebreo al primer ladrón y a la primera prostituta compareciendo ante un juez, custodiados por un oficial de policía, hablando todos por vez primera la lengua de los profetas.

Pero el milagro del renacimiento de la lengua hebrea no cayó del cielo a los brazos de una humanidad escéptica. Para conseguir este milagro, los judíos tuvieron que trabajar arduamente. Fue un milagro hecho por el hombre. Eliezer Ben Yehuda fue quien compiló el primer gran diccionario del hebreo moderno a principios de siglo, renovando las bases de la lengua e introduciendo palabras modernas tomadas del campo de la ciencia, la tecnología y las artes creativas. Él no inventó palabras artificiales, las tomó siempre de textos antiguos como la Biblia, la Mishná y el Talmud. Me parece que incluso ahora, si el Rey David caminara nuevamente por las calles de Jerusalén (en los alrededores del famoso Hotel King David), podría comprender muchas de las cosas que allí se dicen.

Provengo de una familia donde todos los hermanos y hermanas de mis padres llegaron a Palestina a comienzos de los años treinta. Ningún miembro de este gran clan se quedó en Alemania, y por lo tanto ninguno pereció en el Holocausto. (Por desgracia, en Israel son pocas las familias así.) Durante la Segunda Guerra Mundial fui voluntario del Ejército británico, aunque muy pronto me integré a las unidades de comando del recién creado Ejército israelí en la Guerra de Independencia, así que los primeros siete años de mi vida adulta fueron guerras. Pero a esa edad, entre los 18 y los 25 años, también se viven los grandes amores. Mi vida, pues, comenzó entre dos extremos: la guerra y el amor. Empecé a escribir poesía usando mis palabras en aras de lograr un acuerdo entre esos extremos de mi vida, para poder sanarme y seguir viviendo. A partir de entonces la escritura se volvió esencial para mí. En cada poema que escribo siempre hay algo personal y privado que genera la fuerza del texto.

Me hace muy feliz que los poemas que me han ayudado a curarme también ayuden a otros. Creo firmemente que el arte debe sanar y consolar, y no presentar, de buenas a primeras, la cruel realidad de nuestra vida moderna, aquí y en otras partes del mundo.

No sé si la historia retorna

No sé si la historia retorne,
pero sé que tú –no.

Recuerdo que la ciudad se dividía,
no entre judíos y árabes solamente,
sino también entre tú y yo,
cuando estábamos en ella.

De los peligros nos hicimos un nido,
y de la guerra mortal un hogar, cual esquimales
que se construyen un refugio abrasador,
con el hielo polar que mata.

La ciudad otra vez se unificó,
pero no estábamos más juntos en ella.

Ahora ya sé
que la historia no retorna,
como supe siempre que tú –tampoco.

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Lástima. Éramos un buen invento

Amputaron
Tus muslos de mis caderas.
Por lo que a mí respecta
Todos ellos son cirujanos. Todos.

Nos desmantelaron
A uno del otro.
Por lo que a mí respecta
Todos ellos son ingenieros. Todos.

Una lástima. Éramos tan buen
Y tan amoroso invento.
Un aeroplano hecho de hombre y esposa.
Con alas y toda la cosa.
Nos elevamos un poco sobre la tierra.

Incluso alcanzamos a volar un poco.

Volver a amar…

Volver a amar es como el dilema
arquitectónico de una ciudad antigua:
Construir de nuevo en los sitios que ya existieron
para que se vean como entonces,
y aún así parezcan de hoy.

(fragmento extraído de “Poemas de la tierra de Sión, Jerusalén”)

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Dios mío, el alma…

Dios mío, el alma que vertiste en mí es humo
de la eterna quema de memorias de amor.
Nacemos y enseguida las quemamos,
y así hasta que el humo, como humo, se esfume.

Yehuda Amijai

Nota: El texto y los poemas fueron tomados del libro «Mira, tuvimos más que la vida (nuevos poemas escogidos)».
Libro traducido por Claudia Kerik que incluye fotos y testimonios.
(Elefanta Editorial-Fundación Metta Saade, 2019).

Mira, tuvimos más que la vida - Yehuda Amijai

1 comentario en “Mi vida comenzó entre dos extremos: la guerra y el amor”

  1. ¡Hermoso! Gracias, Claudia Kerik, por difundir la obra de Amijái en español y por haber hecho un libro tan bello como «Mira, tuvimos más que la vida».

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